miércoles, 6 de julio de 2016

Zang-e Tafrih - 1972


Director: Abbas Kiarostami

No quiero que este pequeño párrafo me quede muy escuálido y flaco, así que comentaré, de forma breve, algo que siempre llama mi atención, algo que tiene que ver con la edad. En una revista leía la entrevista que le hicieron a una modelo francesa que publicó hace poco un libro en el que narra su experiencia en el mundo de la moda y cómo sus estándares de belleza la empujaron a la anorexia, entre otros males. Más allá de algunos detalles francamente escabrosos (como el hecho de que comer poco -casi nada- provoca que las modelos se vuelvan estériles e incluso se vuelvan literalmente estúpidas -cosas de neuronas y células sinápticas-), me llamaba la atención el tono "lejano" con que se escribía sobre esta ex modelo, con frases que me hacían pensar "bueno, esta chica debe tener casi treinta años". Pero, en realidad, tiene veintitrés. Yo casi tengo la misma edad y ella ya terminó una larga y tormentosa carrera de modelo. Increíble, ¿no? Dakota Fanning es menor que yo y cuando se refiere a su carrera lo hace como si ya fuese una veterana, jojo. Yo, en cambio, pienso que, si todo sale bien, recién a los veinticinco podría comenzar mi vida de verdad. Qué loco todo esto. ¿Alguien ha visto "The Neon Demon"?



Si en el cortometraje anterior Abbas Kiarostami construía un relato de tono y fondo decididamente inocente y ameno (aunque no por ello menos agudo, preciso y certero), en el presente la cosa cambia diametralmente y asistimos a un relato trágico y cruel para con el protagonista, un niño fanático del fútbol que, en el regreso a casa, debe sortear una serie de infortunios sin aparente solución, los cuales se alzan como un muro férreo e imposible. A mí se me ha ocurrido que "Zang-e tafrih" es como una especie de "Los 400 golpes" pero iraní y de trece escasos pero desgarradores minutos. En ambos observo y percibo un pesimismo apabullante, una mirada triste y desarraigada de la realidad, como si la inocencia y la esperanza felizmente expuesta en "Pan y callejón" se hubiese borrado de la faz de la tierra, dejando al chico abandonado a su suerte en un paisaje hostil y simbólicamente violento, un entorno que lo excluye sistemáticamente sin compasión alguna. El protagonista está castigado, de pie en el pasillo del colegio (el primero de los rechazos a los que será inclementemente sometido), esperando a que suene la campana (o el timbre) que lo libere de sus ataduras y sus desgracias. Lamentablemente, éstas no acabaran, y el camino a casa será un gris y triste vagabundeo por la soledad, el inconformismo y un ignorado anhelo de libertad, de felicidad soterrada bajo el ruido de los autos y el peso de la cotidianidad devenida en monotonía y encarceladora rutina. La visión de Kiarostami esconde una mordaz y punzante crítica social, pero, como es sabido, el iraní lo hace mediante una sutileza admirable, lo hace a través del lenguaje cinematográfico de manera transparente y, por lo mismo, al hueso.
Perdido por la vida, perdido en la ciudad... ¿cuáles son las posibilidades de este niño, tempranamente infeliz y desdichado, despreciado por cada organismo de la sociedad? ¿En qué acabará su vida?

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