jueves, 22 de septiembre de 2016

Simindis k'undzuli - 2014


Director: George Ovashvili

"Corn Island" fue pre-nominada al oscar a mejor película de habla no inglesa el mismo año que "Mandariinid", que es la que comentamos ayer. Es de Georgia y también trata, aunque de manera más tangencial, el conflicto entre georgianos y abjasios. No obstante, y sin que quiera establecer comparaciones odiosas, "Corn Island", podemos decir, es una película más vasta. Sin duda alguna que merecía un puesto entre las cinco nominadas finales. A propósito, a que no se imaginan qué película voy a comentar mañana...



Una película más vasta, más extensa, más amplia. Por acá siempre estoy intentando definir las películas, decir qué son y esas cosas, lo que no funcionaría del todo con "Corn Island", que a pesar de tener un arco argumental bien preciso y delimitado, explora y retrata multitud de temas, situaciones y reflexiones sin mayores restricciones formales. El escenario único es una pequeña isla tomada por un campesino, quien aprovechará la riqueza y fertilidad de la tierra para plantar maíz. De vez en cuando será acompañado por su nieta. En otras ocasiones verá pasar a soldados de uno y otro lado que se pelean sanguinariamente. El gran reto para este hombre es el que impone la naturaleza, ya sea la humana o la de los elementos: las lluvias, el sol, el río, los animales, los soldados, las armas, el odio, la lujuria, el miedo, la muerte... Con una propuesta formal contemplativa y parsimoniosa, George Ovashvili registra con aguda mirada y sincera sensibilidad tanto la generosidad como la furia de los elementos de la naturaleza y del carácter humano, cuyas consecuencias quedarán marcadas en los rostros y gestos de los personajes así como en el suelo, el río, el cielo... La cámara de "Corn Island", y voy a parafrasear a "Mr. Robot" (serie que no me gusta mucho a decir verdad, por lo demás no sé si ellos inventaron la frasecita o la sacaron de otro lado), no mira lo que tiene enfrente sino lo que está sobre ella: "Corn Island" nos narra una historia más grande, más poderosa, más mítica si cabe: la lucha por la vida, por la permanencia, por el legado. Una historia más simbólica e intemporal, como si hubiese ocurrido siglos atrás sin importar las características de los involucrados: las pulsiones atávicas y los impulsos instintivos, esencialmente, no cambian. No por nada Ovashvili le otorga un gran poder a la imagen, primer testigo de la historia de la humanidad, albacea de su memoria (excelente detalle lo del objeto que desentierra el campesino al inicio, y lo del final...). Una gran película, qué duda cabe. 

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