sábado, 18 de febrero de 2017

Heart of a Dog - 2015


Directora: Laurie Anderson

Me sorprende que no haya sido sino hasta finales del año pasado que me enterara de la existencia de "Heart of a Dog", película de Laurie Anderson que por acá dieron en el In-Edit Nescafé, cuya 13º versión celebraba los 40 años del punk, contando con una programación la mar de interesante que no pude disfrutar, naturalmente, por la falta de dinero. Por un momento pensé en hacer mi propio In-Edit con lo que encontrara en internet, pero abandoné la idea tan pronto como me di cuenta de que no podía encontrar "Heart of a Dog". Hace un par de días, no obstante, recordé lo mucho que quería verla. La busqué, la encontré, la vi, y acá me tienen muchísimo más que satisfecho. ¿He dicho que me encantan los ensayos filmados... y los perros?


Recuerdo que una vez, más o menos a mis seis años de edad, cuando no teníamos perro, mis padres nos llevaron a mi hermana y a mí a comprar una mascota para cada uno. Yo elegí un hámster y mi hermana un conejo. El conejo, extrañamente, no duró más de un día: si la compra fue una tarde, a la mañana siguiente ya no estaba en su jaula, amplia y apropiadamente decorada por mi hermana. Lo más seguro es que se haya escapado (aunque era un misterio porque encima de la jaula, donde estaba la apertura, dejaron algo de peso precisamente para prevenir una fuga). Cualquiera podría leerlo en tono tragicómico y encontrar la historia incluso divertida, pero a mí me parece terrible y cruel que algo tan desafortunado haya sucedido, casi como una burla del mundo o del universo o de lo que sea para con mi pequeña hermana, por no mencionar al pobre conejo y su incierto final. No recuerdo las reacciones, pero de seguro reinó el desconcierto y el estupor; mi padre dijo, a modo de broma, que un primo mío, tres o cuatro años mayor que yo, que vivía prácticamente frente a nosotros, fue quien se coló por la noche en la casa y robó el conejo, y lo gracioso, esto lo admito, es que por largo tiempo realmente creí que él lo había hecho, si bien durante dicho período nunca me comporté con rencor hacia él. El hámster, por su parte, duró más tiempo; no mucho, principalmente porque la esperanza de vida de los hámsters no es precisamente extensa (sumen a ello que no sabía la edad real de mi hámster), pero lo suficiente como para tener varios recuerdos de él: le gustaba jugar con los artilugios de cartón y materiales similares que le inventaba, aunque nunca durmió en la cama que le hice. Una noche se salió de la jaula, ubicada justo al lado del ventanal que daba al antejardín y la calle, que para mayor remate también estaba abierto, y con tremenda tristeza pensé que se había perdido para siempre y que, si no era el frío de la noche lo que terminaría con él, serían otros peligros como un gato, un perro, un auto, etc. Mi madre, con fría expresión en su rostro, sentenciaba con dureza que no había caso en buscarlo, sin embargo igual lo hice y, milagro, lo encontré. El resto de su vida transcurrió con normalidad, y recuerdo perfectamente el día que murió: yo estaba en mi pieza leyendo o dibujando cosas y mi padre se asoma por la puerta, pidiéndome que lo acompañe, lo cual hago. Me lleva al lado de la jaula y veo que mi hámster duerme en la cama que le había hecho, con un aire más pacífico de lo usual, lo cual se explica cuando mi padre me dice, con suavidad, que había muerto.

También recuerdo una vez que, cuando tenía once o doce años, mientras vagaba por el puto colegio esperando a que mi madre terminara de trabajar (ella era profesora en la misma escuela y, desde luego, debía quedarme hasta que acabara su horario para poder volver a casa), un perro vago se acercó a mí; era mediano tirando para pequeño (seguramente era cachorro de una raza mediana), rubio y dócil, inmediatamente un amigo, sus ojos desprendían soledad y deseos de afecto. Como yo no soy un maldito imbécil que lo primero que hace con los perros es pegarles y asustarlos, lo acaricié y le hablé un poco, pero con reservas, pues no quería encariñarme con él dado que mis padres no lo aceptarían en la casa (ya teníamos otro, y aunque hoy día tengamos tres, en aquel entonces más de uno sonaba como una locura). Finalmente mi madre terminó de trabajar y mientras caminábamos hacia el auto, estacionado en el estacionamiento que había en el enorme patio trasero del colegio feo ese, me imaginaba al pobre perro caminando detrás de nosotros, de mí. Cuando me subo al auto, veo por la ventana que, a lo lejos, el perro me miraba. Su mirada denotaba una honda mezcla de sorpresa y desilusión por no estar en el auto con nosotros y por estar nuevamente solo. Ahora me pregunto cuán feliz se habría sentido de tener un hogar y recibir afecto, pero esa vez no quise pensar mucho al respecto. Al día siguiente el perro no apareció, ni tampoco los días que siguieron. Quizás alguien más lo recogió, quizás no. Sólo espero que no haya sufrido más de la cuenta (aparte de la soledad, el frío, el hambre, la sed) mientras vivió.

Tuvimos un perro llamado Pirata que llegó a nosotros cuando él ya tenía varios años. Recuerdo tres momentos (y más, pero hay que economizar un poco).
Cuando lo vimos por primera vez. Mi madre, mi hermana y yo caminábamos por la casa de mi tía y estaba este perro, que de la noche a la mañana apareció de la nada, moviendo la cola mientras los perros vecinos, tras sus rejas, ladraban; le tenían mala. Mi hermana y yo comenzamos con los "¿podemos tenerlo?", y pocos días después ya estaba en nuestra casa. Su llegada me alegró un montón.
Cuando casi se esfuma. A esa edad no me consideraba tan sensible con los animales; no era un puto maltratador, pero era bastante indiferente. Al principio dejábamos al Pirata en el patio de atrás por miedo a que se escapara. Yo solía abrir la puerta y me quedaba bajo el marco, con el Pirata mirándome, alegre y expectante; luego daba un par de pasos hacia atrás y le hacia señas para que entrara, y cuando él estaba cerca, cerraba la puerta en sus narices como negándole su libertad, lo cual era una burla humillante para él y una vil bajeza de mi parte. También era descuidado. Jugaba PlayStation en el living de la casa, y la tele estaba posicionada de forma que yo le daba la espalda a la puerta que daba al patio delantero y la calle. En esa ocasión justo había dejado la puerta trasera abierta, así como la delantera, y a hurtadillas el Pirata salió a la calle, pasando por entre las rejas (era un perro mediano tirando para pequeño). Cuando mi madre se dio cuenta de que no estaba (yo seguía absorto en mis videojuegos) me sentí como el más imbécil del mundo; me sentí realmente mal, pues le había fallado al Pirata y a mi familia. Mi padre salió a buscarlo y al rato llegó con él sentado en el asiento del co-piloto.
Cuando lo vi en su mundo. Con el tiempo lo dejamos a sus anchas: aunque se hizo doméstico, en esencia era un perro de la calle, sabía ubicarse, no se perdía, volvía a casa. El Pirata era miembro de una pandilla, y me causó gracia verlo una vez caminando entre sus compinches; parecía ser el líder o, cuanto menos, alguien de cierta categoría. Me causó aún más gracia que cuando lo llamé, me ignoró completamente; probablemente lo estaba avergonzando de la misma forma en que nuestras madres lo hacían mientras jugábamos con nuestros conocidos. Después volvía a casa y a mí no me importaba su divertido desaire, pues nunca dejamos de ser amigos.

Estos recuerdos se me venían a la mente mientras veía "Heart of a dog", y sí, se puede decir que todas (o casi todas) las películas generan recuerdos, reflexiones, pensamientos, haciéndonos navegar a lo largo y ancho de nuestra memoria, pero ésto se siente mucho más poderosamente en la película de Laurie Anderson, un precioso y evocador ensayo filmado de profundo carácter sensorial e introspectivo. A partir de ciertos recuerdos que la directora tiene de su perra Lolabelle y a través de variadas texturas, materiales, sensaciones, registros y mecanismos, Laurie Anderson nos sumerge en esta fluida y sobrecogedora corriente de lúcidas, complejas y fascinantes reflexiones sobre la vida, la muerte, la sociedad estadounidense post 9-11, el amor, la existencia, la mente, el alma y el espíritu, entre tantos otros temas que resultaría banal tratar de enumerar. "Heart of a dog" es un ensayo tan conmovedoramente personal y único como universal; un intento de entender la aleatoriedad del mundo y de la vida; una forma de darle cierto orden al caos imperante, de darle sentido al sinsentido en que vivimos; una poética búsqueda de respuestas y de más preguntas que descifrar y comprender. "Heart of a dog" es cine en estado puro, cine hecho con el corazón.

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