miércoles, 1 de marzo de 2017

The Living End - 1992


Director: Gregg Araki

Gregg Araki terminó los noventa con la lamentable "Splendor", extrañamente apaciguado y amable, conforme.
Ha comenzado Marzo, el mes que, antaño, era sinónimo de vuelta a clases y, por ende, una ahogada y reprimida sensación de rabia, pero también de contenida tristeza: ¿otra vez este maldito infierno? Y más adelante sería el inicio de la puta universidad, y más adelante, quizás, el retorno al trabajo. Vaya, vaya. Este Marzo en particular me ha encontrado tranquilo, no me quejo, pero de todas formas comenzaremos con ira: comenzaremos con Gregg Araki, específicamente con "The Living End", la película que, con toda maldita justicia, lo puso en el mapa a inicio de los noventa: la década de Araki, un director único: inconformista, sensible, brutal, personal.


Cómo son las cosas. Yo recordaba una película completamente furiosa y ferozmente irreverente, pero este segundo visionado me ha sorprendido con una película mucho más melancólica, nihilista y fatalista, una cruda y descarnada crónica de dos seropositivos que, al contemplar lo patético y ridículo de todo cuanto los rodea y desprecia como seres de segunda clase, deciden emprender un viaje hacia ninguna parte: una huida imposible. Hay ira, hay furia, claro que sí. Hay escenas en las que los protagonistas expulsan todo el rencor que sienten hacia esa sociedad hipócrita y conservadora que prácticamente se limpia el culo con ellos y luego se lava las manos, desentendida e indiferente, ya sea con esa potente dedicatoria que encabeza las capturas centrales, con situaciones inexorablemente violentas o con incendiarias declaraciones como "hey, ¿y si mejor vamos a Washington D.C. y le disparamos a Bush? ...Mejor aún, ¿qué tal si le inyectamos nuestra sangre? Apuesto que al día siguiente ya habrán encontrado una milagrosa cura, ¿eh?". Es inevitable que haya ira y furia, pero éstas nacen, tal como lo demuestra la citada dedicatoria, de la impotencia, de la injusticia, de la resignación, de la decepción: si dar positivo al SIDA es casi como una condena de muerte (literal o simbólica), entonces ¿para qué molestarse con fingir, pretender, encajar? ¿Por qué mejor no enrostrar al resto de idiotizados autómatas cuan vendidos, engañados y jodidos están? ¿Por qué mejor elegir no elegir? ¿Una espiral de autodestrucción o un camino hacia la liberación, quizás el autodescubrimiento supremo? "The Living End", tal como las buenas películas noventeras de Araki, realmente no tiene argumento, o quizás sea lo de menos: lo que importa son las sensaciones, esa poderosa atmósfera de desencanto y desazón, incluso de vacío, ese clima de desamparo que se cierne sobre los dos jóvenes seropositivos que se conocen por azares de la vida, y que por azares de la vida son radicalmente opuestos salvo por una sola cosa: el virus aquel, todo lo cual impulsa este relato de derrotados que buscan una luz de esperanza, por último un respiro.
Algunos dicen que "The Living End" es como la versión gay de "Thelma & Louise". Quizás; no podría afirmarlo dado que aún no he visto el film de Ridley Scott (¿pueden creerlo?). En cualquier caso, una película memorable e imprescindible, hecha con sentimientos y erigida como tremebunda declaración de intenciones cinematográficas. "The Living End" es un testimonio imperecedero.

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