viernes, 26 de mayo de 2017

Manguekyo - 1999


Directora: Naomi Kawase

Así es, continuamos con este repaso a Naomi Kawase. ¿Qué estamos comentando ahora mismo? Un documental llamado "Manguekyo", que al parecer significa Kaleidoscopio. Mañana es sábado... jo, jo, ni me había dado cuenta.


"Manguekyo" no es un documental convencional, al menos no en el sentido universalmente entendido por "documental", que suele ir ligado a la entrega "objetiva" de información en torno a algún hecho importante o, dicho de otro modo más tajante, la búsqueda de la verdad. Naomi Kawase, por su parte, hace un documental cuyo pilar fundamental es más bien poético: la búsqueda de lo inasible, de lo abstracto, de lo introspectivo; una exploración de los límites y profundidades del cine.
Naomi Kawase le propone a un fotógrafo (no recuerdo su nombre) que haga un calendario con dos modelos de la misma edad pero que han crecido en entornos opuestos: una, Machiko Ono, actriz que apareció en "Suzaku" y más tarde en "Mogari no mori" (ambas de Kawase), nacida y criada en un pueblo rural, la otra, Mika Mifune, hija del gran Toshiro Mifune, nacida y criada en la gran urbe de Tokyo (aunque en un momento del documental la chica menciona que también se crió un tiempo en el extranjero). Las locaciones de las fotografías serán, desde luego, el campo y Tokyo. El motivo, el tema principal del calendario es explorar la relación de ambas modelos con las respectivas locaciones, cómo es la interacción con un entorno al que están acostumbradas (el hogar) y con otro que no conocen, medio que contiene elementos tan amenazantes como prometedores. Por lo demás, las locaciones también ofrecerán una mirada al Japón en el que viven: cómo es la vida en las montañas, cómo es la vida entre los edificios. Pero el reto no acaba ahí: mientras el fotógrafo saca fotos con su cámara fotográfica (perdón por lo redundante), Naomi Kawase, con su cámara de cine, registrará todo el procedimiento. Y aunque a primera vista el documental de ochenta modestos y calmados minutos parece bastante sencillo en tanto el relato consiste en observar las sesiones, conversaciones varias y caminatas por el campo o la ciudad, Kawase construye una obra cinematográfica tan compleja como deliciosa.
En primer lugar, Kawase va dibujando un retrato de estilos de vida, un cuadro de costumbres, un mapa de paisajes que contienen una identidad que se muestra de manera diferente ante un lente fotográfico y otro cinematográfico. Esto va muy en línea con lo que sabemos del cine de Kawase: historias que exploran la identidad de individuos, comunidades y espacios, físicos o temporales. La conexión con el medio, la perpetua crisis existencial. ¿Cómo influye en la personalidad de Machiko Ono el haber crecido en la tranquilidad de las montañas? ¿Cómo influye en la personalidad de Mika Mifune el ser una chica de ciudad (e hija de una celebridad)? ¿Qué sucede dentro de los territorios rurales? ¿Qué se cuece en los recovecos de concreto? Pero la directora también establece un conflicto entre la fotografía y el cine, qué tanto puede capturar uno u otro, qué tan transparente o certero es cada cual, cuál es la visión o misión tras cada arte. Cómo se relaciona la fotografía con el entorno, con las personas, con los objetos y sujetos... cómo lo hace el cine. Y acá ya entra en juego otro conflicto tan estimulante como inevitablemente incómodo: el método de trabajo de cada quien, del fotógrafo y de Kawase: qué busca cada uno, cómo lo hace, ¿lo hace bien? Claramente Kawase tiene el control, ella navega y escudriña el carácter humano y artístico del fotógrafo, de ambiguos e inciertos o vagos ideales que por un lado busca la belleza de la composición, pero que por otro aspira a cierta naturalidad o espontaneidad, a capturar una calidez o fragilidad humana que no puede ser expresada por medios artificiosos. El fotógrafo tendrá que enfrentar sus contradicciones, sus inseguridades, etc. Habrá tensiones, confrontaciones, reflexiones, confesiones, emociones, lágrimas... todo un hilo de acontecimientos de los cuales Kawase logra encontrar, y expresar a través de sus imágenes, ese potente caudal de pulsiones subyacentes que, así por decirlo, no pudo hallar en "Koma".
De todos modos, la cándida sencillez con que Kawase filma todo el proceso, sumado a la encantadora personalidad de Machiko Ono (la que más aparece en pantalla), hacen del visionado un panorama francamente irresistible. Excelente e imperdible documental.

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