viernes, 5 de agosto de 2016

The Adjuster - 1991


Director: Atom Egoyan

Atom Egoyan es un director al que hace tiempo que tenía en la mira, así que no es de extrañar que haya aparecido por acá (¿por qué otra razón si no?). Le tenía unos deseos enormes a "The Adjuster", así que no es de extrañar que haya decidido saltarme las tres películas que Egoyan hizo antes de ésta, que de todas formas es la que lo puso con fuerza en el mapa del panorama cinematográfico, aunque ese criterio nunca me ha convencido. No se me ocurre qué más decir, así que, como dijo el dermatólogo, vayamos al grano (ba dum tss).


"The Adjuster" es una película completamente inclasificable e irreductible, tan libre que se puede dar el lujo de prácticamente no tener trama y aún así fascinar desde el minuto uno hasta el último, de atraparnos sin apelaciones, de hacernos imposible mirar para otro lado o pensar en otra cosa que no sean los extraños sinsabores de este excéntrico puñado de personajes rotos y alienados, atrapados en sus propias tragedias, obsesiones e ilusiones... o desilusiones. Supongo que lo primero que hay que alabar es la poderosa y sugerente atmósfera que Egoyan construye como si fuera lo más fácil del mundo, amén de una puesta en escena elegante, sensual, misteriosa y enigmática, la cual nos sumerge de lleno en este clima de extrañeza en donde nada es lo que parece, pero de una manera mucho más compleja y profunda de lo que tal frase usualmente indica, pues el pilar fundamental de "The Adjuster" es la realidad escondida y suprimida del resto del mundo, aunque como digo, no es que esta película se pueda reducir en una frase cualquiera... Pero si tuviera que hacer algo así como un análisis, podemos señalar que lo que Egoyan hace es una metáfora de la debacle (o cierta debacle) moral de la sociedad, retratando sus vacíos y pasiones de la manera más cruda y sombría, desnudando sus falencias y puntos débiles, deconstruyendo sus máscaras, sus sueños, y revelando sus mentiras. En todo caso la críptica y fascinante atmósfera no es fruto solamente de la exquisita cámara que se desliza por la imagen como un ente vivo y orgánico (e inteligente, por supuesto), sino que también de las potentes figuras simbólicas, como por ejemplo el fantasmal escenario en el que vive el protagonista (the adjuster, el liquidador) con su familia, que no es más que un abandonado lote baldío alguna vez destinado a ser un celestial y pacífico vecindario de familias bien constituidas que en realidad alberga nada más que tres casas piloto, sólo una de ellas habitada: la disfuncional familia protagonista en medio de la nada, abandonada en su "intimidad", rodeada de vacío y de decorados más falsos que *inserte chiste aquí*. Desde luego, también tenemos al protagonista y su manera de afrontar su vida y su trabajo (su vida es su trabajo), en el cual se encontrará con más personas destrozadas, solas y sin nada más que lo que llevan puesto, y con quienes iniciará particulares relaciones igual de fantasmales y auténticas que su casa y su vida familiar. También podemos añadir, entonces, que Egoyan hace un retrato de la soledad, con todo lo que ello implica (desesperada búsqueda de afecto, engaños a sí mismo y a los demás, etc.), y aunque esa frase les parezca repetida, tengan por seguro que la sensibilidad estética y personal del director hacen de este visionado una experiencia única e inigualable, tan malsana como excitante. Egoyan examina los múltiples rostros de las personas, sus múltiples facetas, con una mirada tan brutal como desoladora, tan punzante como transparente. Un gran director Egoyan (o al menos el de estas películas).
Si quieren saber algo así como una sinopsis, la vida del protagonista comenzará a precipitarse cuando aparezcan en el mapa una pareja de millonarios aburridos que necesitan juegos y representaciones (tema central del film, como se ha dicho) para satisfacer sus necesidades sexuales, quienes, con sus inventos, harán que el liquidador se enfrente con sus propios demonios y mentiras.
"The Adjuster" es una película imprescindible, es cine del bueno. Para ver mil veces...

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