Director: Bill Douglas
Abrimos el mes de junio con el cierre de la trilogía autobiográfica de Bill Douglas. No es que esté muy emocionado, en todo caso, pues luego de la primera parte, la mejor, parta una triste y patética debacle cinematográfica que este cierre no logra compensar ni salvar. Es más largo, tiene más presupuesto, y "cuenta" más cosas, pero adolece de los mismos problemas de "My ain folk", pero llevados al insoportable extremo: una total falta de honestidad, y de ahí en adelante, una tediosa ejecución que podría hacer que Douglas se sienta bien consigo mismo como autor y cineasta por exorcizar sus demonios o dolores, pero que no satisface en lo absoluto al espectador, que sólo ve un montón de exagerados problemas y desavenencias de un niño solitario y sumido en la más completa precariedad, lo que, a pesar de tanto artificio y disimulada grandilocuencia, no transmite absolutamente nada. A estas alturas Douglas se queda sin mensaje, pero filma a tontas y a locas como si estuviera deleitándonos con la gran cosa. Un tipo cegado por el éxito, qué otra cosa se puede decir.


