viernes, 23 de octubre de 2020

13

 

He jugado más Among Us y, a su vez, he tenido algo más de fortuna, pues me he encontrado con interesantes grupos de personas, aunque no he podido jugar tanto con estas personas. Sin embargo han habido buenos juegos. He ganado partidas como Impostor, también las he perdido, pero siempre juegos serios, bien pensados, y por ende también divertidos, no como en otras ocasiones cuando uno se encuentra con imbéciles que hacen las cosas a tontas y a locas. También he ganado y perdido como Crewmate, de hecho hubo una victoria memorable. Todo partió cuando quedaban siete vivos y una muerte en particular generaba polémica: un amarillo versus un café que se culpaban mutuamente de un asesinato. Como éramos siete no votamos porque existe esa regla no escrita de "we skip on seven", así que continuamos con el siguiente round, en el cual, por esas cosas del azar, terminé andando con un morado y con el amarillo en disputa. Estuvimos los tres juntos y juntos fuimos a la sala de electricidad a arreglar la luz, pues los impostores la habían apagado. Llegamos a la sala y habían dos muertos. Reportamos. Curiosamente, el café dijo que era un doble asesinato, es decir cuando los impostores asesinan juntos, e intentó echarle la culpa al amarillo. Yo y el morado defendíamos al amarillo, porque era imposible que haya cometido uno de los dos asesinatos, por lo que era obvio que en el round anterior, el de la polémica, no era el asesino sino que el café. Había gente que defendía al café, y un par de indecisos. Votamos y tanto el amarillo como el café quedaban empatados a dos, por lo que ninguno fue expulsado. Esto claramente significaba que íbamos a perder, pues éramos cinco y a los impostores les bastaba sólo con un asesinato más para ganar. No sé qué pasó pero los impostores no mataron a nadie y yo alcancé a pulsar el botón de emergencia. Comencé con un enérgico "what are you doing!", para explicarles mejor el porqué el café era el puto asesino, y por fin lo expulsamos. Quedamos cuatro. Nadie moría, pero era obvio que el asesino intentaba separarnos y toda la cosa. Al final concluimos que el cyan era el otro asesino, pues con el morado y el amarillo confiábamos mutuamente y era obvio que, en los votos anteriores (el del empate y el del desempate: cuando fue a dos, el morado había dejado en blanco, cuando fue tres dos en contra del café, el morado se decidió a apoyarnos: era obvio que el cyan seguía intentando cuadrarse con el café), el cyan se había echado al agua. Lo expulsamos y ganamos. Fue una buena partida, una buena victoria. Dos lobbies me han invitado a unirme a sus discords, lo cual me parece bien. Aún no he hecho nada, ni siquiera tengo discord, pero quizás lo haga, el único asunto es que tendría que hablar y dudo que mi capacidad de hablar inglés sea medianamente decente (en el juego la cosa es escrita, como un chat, pero con discord de por medio se hace más fácil presentar pruebas y toda la cosa). Pero quizás lo haga, uno no siempre se encuentra con personas divertidas que, además, se tomen el juego en serio.

He llegado a la conclusión de que debo escribir estas entradas durante el día. Siempre me digo que lo haré en la noche antes de dormir, pero a esa hora es cuando Poki, Rae, CORPSE y la pandilla se juntan a jugar, y prefiero verlos a ellos que cualquier otra cosa. Ayer fue divertidísimo, y dejé de verlo justo antes de que a Poki le diera uno de esos ataques de risa memorables, me habría ido a dormir feliz, ja, ja. Por otra parte, debo volver a leer, supongo que debo hacerme un horario que no sea de noche, aunque de noche está más fresco. Además durante el día siempre tengo sueño y justo en la noche, cuando debo dormir, es cuando el sueño se me va (aunque tampoco es que tenga un subidón de energía). Ya veremos.

En todo caso (y al final me relajé y estoy escribiendo ya entre las 20 y las 21: Rae y Poli y CORPSE no juegan hoy) quería hablar, así rápidamente, de Fraction, un cómic de Shintaro Kago, o como le dicen, maestro del ero guro, que en palabras simples, es una mezcla de gore con erotismo, ya sea en términos puramente visuales, ya sea en términos argumentales o ya sea en ambos casos y en todos los casos posibles. Fraction cuenta dos historias paralelas que, como es de esperar, llegan a unirse en un punto más adelante: primero, un muchacho que trabaja en un restaurante y sus compañeras de trabajo se interesan en el caso de un asesino en serie que descuartiza a sus víctimas, tanto se interesan que no saben que se están metiendo en la boca del lobo. La otra historia corresponde al mismo Shintaro Kago en una crisis creativa, pues ya no sabe qué hacer, quiere que lo dejen de encasillar en eso de "maestro del ero guro", quiere reinventarse y crear algo nuevo e inesperado, por lo que comienza a pensar en historias posibles y, sobre todo, reflexionar en torno al lenguaje del cómic. Y ya no puedo revelar mucho más, salvo decir lo siguiente o el siguiente par de cosas: visualmente Shintaro Kago es un maestro, en efecto. Pero lo mejor de esta obra es ese componente de meta-reflexión sobre los límites y posibilidades del lenguaje del cómic. Si alguna vez pensaron que escribir o dibujar un cómic era hacer cuadros y llenarlos con edificios o personajes, van a tener que pensar un poquito más: Kago me abrió los ojos en muchos aspectos, el tipo realmente domina el lenguaje del cómic, y todo parte de la siguiente base: a diferencia del cine, el cómic no es imagen en movimiento, sin embargo, sus dibujos, que en estricto rigor son imágenes móviles, dan una ilusión diferente de movimiento. Por ejemplo, si vemos una fotografía de un tipo con la boca abierta y los brazos abiertos, pensamos que seguramente está exponiendo algo que lo apasiona porque la fotografía fue capturada en un instante de esa disertación; en cambio, la misma imagen en el cómic nos produce la misma sensación, que un personaje está hablando de algo que le apasiona, sin embargo, ¿por qué pensamos eso, si sabemos que esa imagen se dibujó de la nada y que no fue extraída de la realidad? No sé si me explico bien, pero a veces, en el cómic, la imagen de una persona con la boca abierta y los brazos abiertos no necesariamente significa que está diciendo algo o que se está moviendo, pero Shintaro Kago ya les hará ver los alcances de esa ilusión de la manera en que él sabe hacerlo. Lo mismo corre para los cuadros de diálogo. ¿De dónde vienen? ¿De la boca del personaje que habla? ¿Seguros, seguras? Ahí lo dejo. Lean Fraction, les encantará y sorprenderá.

Y antes de irme, supongo que no hace mal hablar un poco de Shintaro Kago en general, pues en su momento aproveché de leer varios de sus cómics. Para empezar, no soy de vomitar ni nada por el estilo en lo que se refiere a libros, cómics o películas. Pero leyendo algunas obras de Shintaro Kago he sentido verdaderas ganas de vomitar. Muchas de sus imágenes son verdaderamente repugnantes (en el buen sentido, supongo, je, je). Muchas de sus historias son excusas para, en cierta forma, las dos cosas que hace en Fraction: fraccionar el cuerpo humano a gusto, metiendo erotismo y sexo de por medio, y reflexionando o experimentando con los límites y posibilidades del lenguaje del cómic, de las dos o tres o más dimensiones de una viñeta. No miren a huevo a Shintaro Kago por destacar por sus imágenes grotescas y sexualmente explícitas, pues su propuesta comiquera es más compleja de lo que aparenta, y realmente te hace pensar y apreciar mucho más este arte a veces tan denostado, pero que, y esto es algo que no necesita decirse entre quienes saben, alcanza cotas de calidad y belleza artística más veces de las que cualquiera podría imaginar. Yo pienso que los cómics de Enki Bilal son auténticas obras maestras del arte en general, canalizado a través del cómic, pero supongo que eso es otra cosa. Por mientras, vayan a leer a Shintaro Kago, y por si son impresionables, háganlo con el estómago vacío.

miércoles, 21 de octubre de 2020

12

 

En algún momento, pasados los años, ya eran cosa común que algunas personas bromearan con que editarían y publicarían hasta la lista de supermercados de Bolaño, pero no lo comparto porque sus libros póstumos me gustan y me parecen muy buenos, en algunos casos excelentes.

Para empezar, parece obvio que nadie considera realmente a 2666 como una novela póstuma, aunque al parecer Bolaño no alcanzó a terminarla, pero como se publicó no mucho después de su muerte y por su magnitud, da la impresión de que fuera una novela plena, plena así como "publicada por alguien que sigue vivo". Al menos esa es mi impresión, y de todas formas, de todo lo que se puede decir de semejante obra, monstruosa obra (pero monstruosa en un sentido de genialidad difícil de medir), no hay mucho que decir en cuanto a reparos. Es una novela fascinante por donde se le mire, por la parte que se quiera. Por la parte de los críticos, o por la parte de Amalfitano, o por la parte de Fate, o por la parte de los crímenes, o por la parte de Archimboldi, ese escritor misterioso y enigmático.

Pero antes de continuar, debo decir que pensé que nunca leería a Bolaño, por la sencilla razón de que no tenía dinero. El año pasado, sin embargo, un amigo me prestó Los detectives salvajes y luego 2666, y como para entonces ya me había inscrito hace rato en la sección de préstamo a domicilio de la Biblioteca Nacional, luego me fui pidiendo todos los libros de Bolaño que tuvieran, así me los leí todos a excepción de Putas asesinas y Nocturno de Chile, y claro, su poesía. Todo esto me hizo recordar a un compañero de la puta universidad de mierda, un tipo presuntuoso pero sumamente inseguro y con complejo de inferioridad, que siempre quería andar impresionando por algo, y que le gustaba andar con un libro de cuentos completos de Bolaño para todos lados, libro que sacaba a pito de nada y que dejaba por ahí, así como para que alguien lo mirara y, no lo sé, le preguntara algo al respecto, que es precisamente lo que solía suceder. Dudo que haya leído más de cien páginas, pero aunque lo haya hecho lo presuntuoso no se lo quita nadie, mucho menos lo inseguro. Lo más risible era que decía "voy a dejar mi libro ahí", y ni siquiera era su libro... Pero en fin, mírenme, con mi lengua viperina. De todas formas, como siempre y en todos lados, hay gente que es y gente que finge ser.

De 2666 es difícil quedarse con sólo una parte. La parte de los crímenes es como un laberinto, en cualquier caso una enrevesada y endemoniada trama con personajes que viven siempre al filo de la mentira y la muerte, en un escenario cruel y violento, y no es para menos, si el eje son los múltiples e interminables femicidios que se acumulan uno tras otro, descritos en forma tan desapasionada y fría y distanciada que dicho recurso refleja a la perfección la cosificación de la mujer, o al menos esa impresión me quedó: una descripción detallada de cuerpos, pero sólo eso, cuerpos, no personas. Y esta continua descripción, fría y distanciada, es como el agujero negro (o de gusano) del que salen despedidos todos los otros elementos, como los policías machistas (la parte en que se ponen a contar chistes machistas cuando deberían estar trabajando resolviendo esos horrendos crímenes es terrible, y demuestra que, en efecto, el machismo es una cuestión institucional y que nada puede solucionarse si las instituciones son, en esencia, así de machistas), Lalo Cura y esas oscuras organizaciones criminales, y los otros personajes, como el periodista deportivo que sabe mucho más que deportes y cuyos contactos se extienden más allá del mundo deportivo. Toda la parte de los crímenes me tenía ahogado, y la sensación aumenta con el correr de las páginas, gracias a esa atmósfera malsana, de secreto, de mal agüero, de violencia siempre a punto de estallar, y de no saber nada, porque las pistas van muriendo con las personas que las descubren, o si no mueren, desaparecen, lo que es casi lo mismo. Podría decir que es mi parte favorito si no fuera por la parte de Archimboldi, que también tiene de todo: la segunda guerra mundial, un burócrata que representa la banalidad del mal (es increíble lo banal que resulta el exterminio de un grupo de prisioneros o refugiados, como el maldito burócrata lo cuenta, como si no fuera su culpa, como si no fuera su responsabilidad, es tremendo, da una rabia inmensa), un diario que tiene una novela o algo por el estilo, no lo recuerda exactamente pero tiene que ver con autores rusos de ciencia ficción, reales e inventados por Bolaño, un genio a la hora de aunar realidad y ficción. Creo que fue después de que Archimboldi leyera ese diario en una cabaña de un pueblo ruso, que se decidió a ser escritor. Si mal no recuerdo se describen varios libros suyos, o a lo mejor se describen los libros que leía Archimboldi cuando era muchacho, si mal no recuerdo le gustaban las plantas o algo así. Y luego sigue la Guerra, la Segunda Guerra Mundial, claro, y Archimboldi de campaña en campaña, y me gusta la parte en que llega a un castillo en donde hay unos rumanos y una condesa o algo así que tiene sexo duro con el general rumano (o el oficial rumano de mayor rango, el que mandaba por esos lares), sexo que Archimboldi ve en secreto, sexo tan bien escrito que a uno se le pone dura y me recuerda ciertas escenas de Hitomi Tanaka (como el minuto 40:10 en adelante de este enlace), aunque más tarde al general rumano lo crucifican desnudo, y aún muerto impresiona a todos por su enorme verga. Bueno, tampoco les puedo contar todo, ja, ja, pero la Guerra acaba y el tipo vuelve a casa y escribe y se pone misterioso y de culto. Y la vida se pone más tranquila y todo, pero algo tiene que ver un sobrino o algo así, un misterio, otro misterio, misterio que lo lleva a esa ciudad mexicana que es como un émulo de Ciudad Juárez, porque al parecer Archimbolid tiene algo que ver con todo ese caos subterráneo que vimos en las cuatro partes previas. Hay tantas cosas, demasiadas, para recordarlas todas. Esa es su genialidad. Yo feliz volvería a leer esta novela. Maldición que es buena.

Luego salió El tercer Reich, una novela que Bolaño al parecer escribió en los ochenta, lo cual poco importa para decir lo siguiente: también me encantó esta novela de aire fantasmagórico, como de no lugar, sobre este tipo que se queda en un hotel (no sé por qué) y casi todo lo que hace es jugar o pensar estrategias para esos juegos, justamente, de estrategia. Juegos de mesa de estrategia, claro. El tipo es una eminencia. También me gusta la relación entre el tipo y la dueña del hotel. Una novela de misterio pero sin misterios ¿o no? Esta atmósfera fantasmagórica, sin embargo, logra algo muy cierto y muy real: el desmoronamiento del protagonista. Muy buena, sí señor.

Luego salió Los sinsabores del verdadero policía. Si te gustó 2666, no sé por qué se le pueden o deben encontrar cosas malas a esta historia, que es como la base o versión anterior o pre-pulida (si es que algo así existe) de la parte de Amalfitano en 2666. Hay varias cosas que son distintas, como la historia de Amalfitano con su esposa, que acá está muerta y es adorada con veneración, mientras que en 2666 creo que la esposa era simplemente una persona poco interesada en la vida de familia. Me parece que en esta novela Amalfitano es homosexual mientras que en 2666 no lo es. Pero son diferencias no tan importantes a mi parecer, porque se nos cuentan cosas similares, aunque sin ser repetitivo, pues, de hecho, Los sinsabores del verdadero policía tiene como tres veces más páginas que La parte de Amalfitano. Pero, como digo, se cuenta, en esencia, lo mismo: los desequilibrios de Amalfitano, un profesor chileno que llega a esa ciudad maldita a hacer clases, pero que poco a poco se vuelve medio loco, se imagina cosas, la paranoia lo corrompe, especialmente cuando su amada hija (a quien quiere y cuida con tanta veneración como recuerda a su esposa) se mete en problemas, en asuntos nada buenos. Bolaño nos vuelve a sumergir en una atmósfera caótica, enfermiza, esquizoide, oscura pero inevitablemente fascinante. Es su forma de contar las cosas. Yo no desdeñaría en lo absoluto esta novela.

Y más tarde salieron, casi consecutivamente, El espíritu de la ciencia ficción y Sepulcros de vaqueros. Acá ya si que todos comenzaban a preguntarse si era necesario publicar más cosas de Bolaño. Que dejen tranquilo a Bolaño, por favor. Con El espíritu de la ciencia ficción vengo a decir algo similar que en el caso anterior: si les gustó Los detectives salvajes, El espíritu... debería ser también una lectura plenamente satisfactoria. Sé que acá las diferencias son mayores y que, en comparación, El espíritu... es una obra menor (no lo digo yo realmente, detesto esa clase de etiquetas: las obras son lo que son por sí solas, maldita sea), pero eso no le niega su calidad inherente. Es una deliciosa historia de amigos en México, que leen mucho y viven juntos o separados, y se van de fiesta a tomar y comer, hay ambiente literario, cosas por el estilo, y esas vivencias se intercalan con unas cartas que alguien escribe a varios autores de ciencia ficción y la descripción de unos sueños o algo así. Así como Los sinsabores del verdadero policía es como la versión previa de La parte de Amalfitano, El espíritu de la ciencia ficción es una versión temprana de Los detectives salvajes, y yo tampoco desdeñaría el temprano espíritu de una obra maestra de la literatura, porque todos hemos tenido infancia y somos lo que somos gracias a lo que hemos sido. Sepulcros de vaqueros es algo más distinta, pues es un conjunto de tres historias: Patria, que es una versión previa de Estrella distante y el capítulo El infame Ramírez Hoffman de La literatura nazi en América, y más o menos una versión chilensis de Los detectives salvajes, pues acá, si mal no recuerdo, se narra la vida de un grupo de jóvenes que viven o se relacionan en el ambiente literario de su ciudad, hasta que llega el Golpe de Estado y se va descubriendo que algunos de estos jóvenes eran delatores o cosas por el estilo. Hay un par de hermanas que son centrales en la historia, hermanas como las de Los detectives salvajes, pero claro, en versión temprana (o esbozada) y chilensis. La segunda historia son varios episodios de la vida de Arturo Belano, también presente el Golpe militar. En ambos casos se nota que son obras menos completas que las otras publicaciones póstumas, sin embargo no son relatos carentes de entidad ni de autonomía, ni menos de calidad literaria. Entendería que, en estos dos casos, se pueda criticar la publicación de algo que claramente ya había sido refinado y pulido en libros ya publicados previamente. Con todo, se agradece su lectura. El tercer relato es el que más me gusta y el que justifica la publicación y compra y lectura de Sepulcros de vaqueros. Me refiero a Comedia del horror en Francia, una delicia surrealista del que nada les puedo decir, salvo que es hipnótica y que se parece bastante a Monsieur Pain, otra novela (publicada en los ochentas, cuando Bolaño aun no era el monstruo literario que luego sería en los novena y dos mil) que me encanta. Comedia del horror en Francia, una absoluta genialidad.

También se publicaron dos libros póstumos de cuentos, El gaucho insufrible y El secreto del mal. El segundo reúne muchos y cortos, algunos de ellos bastante embrionarios, en donde hay de todo: desde las historias surrealistas u oníricas, pasando por los relatos autobiográficos, así como esas creaciones que son como homenajes a otras obras literarias, además de aquellas otras que son retratos de la vida real (pero no tan autobiográficos). De acá me gustan ese cuento que describe una fotografía, el de la muerte de Ulises, cuando Belano llega al departamento de su fallecido amigo y se encuentra con gordos metaleros. Y eso recuerdo, si me apuran.

El gaucho insufrible tiene cinco cuentos, y no los voy a analizar todos, no. Pero sí me gustan especialmente tres de ellos: El policía de las ratas, que es como una historia de detectives pero en un mundo de ratas; El viaje de Álvaro Rousselot, que si mal no recuerdo es la historia, desgraciada y de mala suerte, de un escritor talentosos pero al que las circunstancias no lo acompañan (o que, en su defecto, siempre lo hacen sentirse mal y nervioso); y El gaucho insufrible, sobre un viejo que se va a vivir a la pampa patagónica y se cuenta su vida allá. Al menos eso es lo que recuerdo de ellos. Hay uno sobre el asesinato de un niño que se cuenta desde dos perspectivas: desde el asesino y desde alguien que ve el asesinato pero que no lo entiende y le otorga connotaciones divinas, como si el asesinato fue un castigo por "portarse mal".

Y eso es todo: mi defensa total a las publicaciones póstumas de Bolaño. Punto final. Y disfruten, si pueden, de la obra literaria de Bolaño.

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