viernes, 24 de junio de 2016

Death & the Compass - 1996


Director: Alex Cox

Uf, no puedo creer que el único momento en que me baja la angustia y la tristeza es cuando voy a la puta universidad, aunque tampoco es tan de no creer, considerando que la universidad es una mierda, una maldita tumba en donde mueren los sueños... Por suerte en el camino de vuelta a casa ha pasado algo fugaz pero interesante, algo que sube el ánimo: en uno de esos pequeños edificios de cuatro o cinco pisos, en los que usualmente el primero es una panadería o un bazar, en el segundo había una tele gigante, de plasma, que daba a la calle, por lo que se veía claramente qué estaban dando, y la persona disfrutaba nada más y nada menos que porno. La tele hacía que la habitación entera, totalmente a oscuras, adquiriera un tono azulado, y de repente quise cambiar de lugar con aquella afortunada persona, que me la imaginaba relajada, en paz. Me gustaría poder decir que pude reconocer a la actriz, pero sé que no era ni Lucie Wilde, ni Hitomi Tanaka, ni Shione Cooper, ni Katerina Hartlova (¡tres de ellas son de República Checa!); ciertamente tampoco tenía los atributos de estas diosas, así que me da lo mismo en realidad. Curiosamente en ese lado de la avenida no pasa mucha gente, y eso que hay un par de bancos, si bien al otro lado están los edificios nuevos y las farmacias e incluso la municipalidad. Al menos la caminata me permitió pensar en "Death & the Compass", película de Alex Cox basada en el relato corto homónimo de Jorge Luis Borges. Sabemos que una película de Alex Cox no tendrá nada de convencional ni domesticada (después de todo el inglés es un director muy punk para sus cosas), y las historias de Borges suelen tener bastante de metafísico, trascendental, así que lo que pudiera salir de este film ya merecía un visionado cuanto antes. Demás está decir que el cine me ha curado de la breve depresión inicial, que por desgracia debo padecer todos los putos martes, pero mejor pensemos en cosas lindas, como, no sé, ¿Lucie Wilde?


En una caótica ciudad, un crimen se ha cometido, y quien está a cargo de la investigación, un tal Erik Lonnrot, piensa que la clave del caso se halla en densos conocimientos de dioses y religiones y esas cosas, así que por ahí escarbará. Será una investigación bien particular y llamativa, eso es seguro.


La muerte y la brújula es un cuento bastante corto y preciso, muy inteligente y fascinante, por lo demás, toda vez que juega jocosamente con ese mandato no escrito de que la solución a un crimen no puede ser la explicación o la hipótesis más simple, aunque una cosa es el crimen y otra muy distinta el universo que lo rodea y el tiempo en que se enmarca. En cualquier caso, tal afirmación apuntaba a lo siguiente: Alex Cox toma el mentado cuento y lo expande con tremenda imaginación y coherencia, agregando elementos sacados de otros relatos de Borges (ya sean cosas "simples" como el apellido Zunz -nunca tan simple, pues no es gratuito que el personaje de apellido Zunz se apellide de tal forma- o cosas más complejas como el Aleph, el mito del Minotauro, entre otros) pero también elementos propios de Cox, por ejemplo la atmósfera de caos social y paranoia (como sacada de "Repo Man"), o la visualidad (diseño de personajes, ambientación de escenarios) algo punk, sin mencionar la actitud punk del director (su desenfado y/o libertad formal). Alguien podría pensar que toda esta impensable mezcla conduce a resultados desastrosos y bochornosos, pero finalmente es todo lo contrario, pues la lectura de Cox es tan personal e insobornable como respetuosa de los intereses borgianos, además funciona a la perfección como particular relato policial, como película. Incluso hay unas cuantas hazañas formales que no merecen descrédito, y me refiero a un plano secuencia fenomenal, entre otros varios mecanismos que Cox utiliza en función del grado de extrañeza que requiera el momento. Debo insistir en que la película no tiene nada de caprichosa, y que cada aspecto que vemos está perfectamente justificado; nada está para epatar y ganarse unas palmaditas en la espalda. Repito: la coherencia de esta película es apabullante, y ciertamente es mucho más compleja de lo que parece. "Death & the Compass" es una película extraña, memorable y fascinante; tiene un aura y una intención demoledora y salvaje, cada fotograma tiene vida propia y exuda seguridad; el visionado mismo es imparable, incesante, en cierta forma abriendo miles de puertas a cada momento. Además de inteligente y sencillo, humilde, Alex Cox es un cineasta valiente, con pelotas, y es que ¿quién podía imaginar que un cuento de Borges terminara siendo una película como ésta, sin pedanterías ni vanas ínfulas de elegancia? No sé ustedes, pero yo pienso que "Death & the Compass" es una maldita proeza, una rutilante joya marginal escondida por lo establecido, ignorada incluso por el panorama indie estadounidense, y, desde luego, por los artísticamente puristas. Si tienen ochenta minutos, vean "Death & the Compass" sin pensarlo dos veces. Recuerden: es de Alex Cox.

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