miércoles, 2 de agosto de 2017

Ghost in the Shell - 2017


Director: Rupert Sanders

No tenía ganas de ver esta versión de "Ghost in the Shell", no por la ridícula polémica del whitewashing o por cosas como "que los gringos no saben adaptar mangas", sino que debido al director, Rupert Sanders (más conocido por su bullada infidelidad con Kristen Stewart), que sólo tiene en su haber el live-action de Blancanieves, lo que claramente induce a pensar que no será capaz de salir airoso ante retos tan interesantes como adaptar el manga de Masumune Shirow o, si bien no superar, sí al menos competir dignamente ante las películas dirigidas por Mamoru Oshii. Pero tampoco me podía resistir a una propuesta cyberpunk.


De inmediato les digo que "Ghost in the Shell", aunque sea una película discreta y desaprovechada, no me parece en lo absoluto un bodrio. En realidad se puede ver de lo más bien si es que también cooperas teniendo expectativas limitadas o, como yo, si piensas que verás una basura del tamaño de una catedral, porque no te encontrarás con algo así en lo absoluto.
Es necesario, eso sí, separar dos cosas bien importantes. Como propuesta cyberpunk, "Ghost in the Shell" es notable, ya que abarca varias claves del subgénero de manera contundente. Ahora bien, como relato y/o como película, tenemos una obra irregular y apenas cumplidora.
Por el lado del cyberpunk, primero que todo tenemos una deslumbrante ambientación en donde todo es tan híper-tecnológico e híper-mercantilizado que la tecnología misma se apodera no solo de la individualidad sino que también de las expresiones culturales, fundiendo todo de tal manera que no sabemos si estamos en una ciudad japonesa o estadounidense. A partir de lo anterior destaca el diseño de la ciudad, dominada por sus luces de neón y gigantografías holográficas (además me encantaron las geishas robóticas del inicio, sobre todo la que se convierte en araña), por lo atractivo y magnético de su coraza pero mugriento y caótico de su estructura interna, pues, como reza una de las mandas del cyberpunk, en "Ghost in the Shell" hay alta tecnología, pero un bajo estilo de vida. No es de extrañar, he acá otro aspecto esencial, que en este escenario hayan grandes corporaciones determinando y dictando el modo de vivir de una población pasiva y encandilada por las emocionantes posibilidades que ofrece la tecnología (de privados), las cuales son, a fin de cuentas, la misma trampa que delimita sus vidas, y ojo, que estas mismas corporaciones se encuentran estrecha, sospechosa y peligrosamente cercanas a las autoridades políticas y a los distintos poderes, sumiendo a la población aún más en la ruina, tomando en cuenta que, tal como veremos en la trama, los policías, en un inicio, básicamente buscan resolver un caso que, más que justicia, protege la inversión de este inescrupuloso e intrascendente villano interpretado por Peter Ferdinando, un actor que tiene madera para mejores roles. Y no es todo, pues también hallamos lo que, para mí, es el pilar fundamental del cyberpunk: la vieja disputa entre la carne y la máquina, lo artificial y lo orgánico (o natural), lo virtual y lo presencial, lo ilusorio y lo concreto. "Ghost in the Shell" nos adentra en una sociedad en donde las personas se mejoran a sí mismas con artefactos mecánicos (ojos para ver en alta definición, oídos para oírlo todo, hígado a prueba de borracheras, etc.), en donde el límite entre lo humano y lo humanoide se torna nebuloso, difuso, incierto.
Y todo lo anterior se aplicaba, se veía reflejado en el relato en su mejor parte, la primera mitad digamos, cuyo argumento básicamente consiste en una historia policial pero teñida de noir, partiendo de este incidente en donde algunos robots asesinan a importantes cargos de la gran compañía que lo domina todo para robar cierta información confidencial, ante lo cual Scarlett Johansson (muy mal dirigida, y eso que como actriz no me rindo ante ella, si bien sabe afrontar sus roles de manera solvente y convincente) y el resto de su sección policial comienzan a investigar porqué este sujeto hace lo que hace y así poder atraparlo y cerrar el caso. De esta forma, la trama nos trasladaba por la mugre y lo putrefacto de esta colorida metrópolis; nos mostraba las consecuencias de mezclar venas con cables; nos sumergía en la realidad virtual casi como un nuevo grado de conciencia. Pero en este punto la película comienza a decaer, no de manera escandalosa pero sí notoriamente, pues todo el asunto de la carne versus la máquina y lo orgánico versus lo artificial conlleva la vieja discusión de la conciencia, de si es ésto lo que nos hace humanos o no, o si lo es el alma, la mente, la memoria, etc. ¿Podría un robot desarrollar conciencia, desarrollar humanidad, soñar con ovejas de carne y hueso? Y tales preguntas no reciben un tratamiento apropiado, incisivo y fascinante por parte del director, cuya mano es blandengue, melosa y simplificada, reduciendo el conflicto de Johansson (y el tal Kuze, interpretado por un aún más sobrante Michael Pitt), que como saben es una persona en cuerpo robótico (por no sé qué accidente y no sé que inútil trasfondo dramático), a un lloriqueo banal y pueril, mientras que, perdonen las comparaciones, en las películas de Mamoru Oshii tal asunto era un amplio e hipnótico despliegue de reflexiones desarrolladas sin sentimentalismos vacuos y a través de un cuidado y preciso entramado argumental y dramático, con personajes mejor construidos y definidos que acá.
"Ghost in the Shell" se pudo haber ahorrado el rollo filosófico que decide tomar con todo a la mitad del relato (cuando la protagonista se encuentra con el supuesto villano), porque como no va realmente de la mano con la trama (aunque lo parezca), que en un inicio era más concreta y lucía interesante con este complot tecno-industrial, y como en verdad no lo lleva a ningún lado más allá del típico lugar común de "a mí me definen mis acciones y no mis recuerdos" (lo que tampoco resuelve el tema de qué te hace humano o no), poco y nada aporta a una propuesta general que trataba al cyberpunk desde un punto de vista más contextual que introspectivo y existencial, si bien le faltaba esta visión cínica y desencantada que acompañara a la descripción de la ciudad y de la sociedad diseñada a los gustos de la compañía suprema. Eso sí, algo me dice que el progresivamente desplazado y descuidado argumento tampoco iba a terminar siendo muy memorable, con ese villano de Peter Ferdinando tan soso e inane, pero debo decir que al final la película de todas formas me hizo pasar un rato ameno y relajado, a pesar de sus mensajes cursi y todo eso.
Qué puedo decir, me encanta el cyberpunk. En todo caso, el cyberpunk del año será, no se equivoquen, "Blade Runner 2049".
Oh, y siempre es un maldito agrado ver al gran Beat Takeshi.

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