domingo, 29 de julio de 2018

Los testigos - 1971


Director: Charles Elsesser


"Los testigos" es la primera y última película que dirigió el argentino Charles Elsesser.
"Los testigos" es una película increíblemente arriesgada y atrevida. Comienza siendo un violento y tórrido thriller con ecos de polvoriento y áspero western y de un cine negro profundamente oscuro y nihilista. Así, en esta atmósfera sudorosa y candente, árida y salvaje, Elsesser nos sitúa en un campamento de la comuna de Peñalolén en donde un grupo de pobladores le exigen a un vendedor de terrenos (acompañado de un matón y del vendedor que, cual araña, atrae incautos a los que venderles tierras) que les entregue los papeles que los acreditan como los dueños de esos terrenos por los que han pagado tanto dinero, y que además, de una vez por todas, construya la red de cañerías de agua que tanto ha prometido (los pobladores deben recoger el agua de un pozo y transportarla en pesados barriles hasta sus hogares). El dueño, el señor trucho (interpretado magníficamente por Luis Alarcón), tiene toda la pinta de estafador y aún más de mafioso, y no deja de decir que "el próximo mes, la próxima semana, que más adelante...", y los pobladores, en especial quien encabeza la junta de vecinos (interpretado por Jaime Vadell en un rol que a priori no parece apropiado para él, pero que lo desarrolla con fuerza e intensidad, muy convincente), ya no quieren seguir soportando tanta burla, tanto engaño, y lo van a enfrentar. Un asesinato ocurre. Varios vieron el hecho. Todos saben quién fue el asesino. Pero... ¿se atreverán a denunciarlo con nombre y apellido?
El protagonista de toda esta historia, sin embargo, lo interpreta Nelson Villagra, un tunante que no parece tener trabajo (nada estrictamente legal, ejem...) y que prefiere andar a la siga de la bella y joven hija del dueño del único almacén y cantina de la zona, la que, por supuesto, también se muere por irse con él detrás de algún arbusto a hacer cosas cochinas. Pero ocurre el asesinato y todo cambia. La película cambia...
Como si no fuera suficientemente estimulante y sorprendente que "Los testigos" comenzara como un contundente y brutal thriller, luego del asesinato el relato nos sorprende con otro giro, y es que la película da un golpe de timón, de enfoque: no deviene en thriller de venganza (como uno podría suponer), sino que se centra y concentra en el dilema moral que cae sobre los personajes, que están cansados y aburridos de las humillaciones y de los abusos por parte de esos sucios estafadores, por parte de ese sistema que los tiene viviendo casi a la intemperie. Quieren Justicia, maldita sea. Pero el asesino, el dueño de los terrenos, tiene poder: si hablan los puede expulsar de sus terrenos porque a fin de cuentas aún no tienen sus papeles. O puede hacerse el tonto con los trabajos que ha ido ofreciendo entre los pobladores, en su gran mayoría cesantes y con numerosas familias que alimentar. Y la película, que de pronto adquiere un tono lacerante, angustiante e incluso aterrador, nos habla del peso del miedo, del verse paralizado, de encontrarse entre la espada y la pared: hablar, decir la verdad o permanecer en silencio y no perder lo poco que se tiene. Los personajes poco a poco se van desentendiendo del crimen que vieron, no sin dejar de masticar la impotencia, la frustración, la ira. "Los testigos" deja de lado el argumento y se transforma en una película que narra un intenso y terrible estado de abatimiento, amén de la potente y desgarrada construcción psicológica de unos personajes imperfectos, de carne y hueso, llenos de dudas, de inseguridades, de debilidades. Borrachos que se olvidan de atestiguar porque el alcohol les nubla la razón. Desempleados que eligen ese trabajo ofrecido por sobre una resolución justa. Sujetos que tienen demasiado miedo para enfrentarse a los malos. Viudas que, mirada perdida en el horizonte, deben tomar el rol del difunto marido para sobrevivir.
"Los testigos" mete dolorosamente el dedo en la llaga, pues la impunidad que denuncia no es sólo producto de la corrupción del sistema, de sus vacíos legales, de la "ley del más vivo" imbricada en el capitalismo salvaje, sino que también es consecuencia de la desesperación de unos personajes golpeados y humillados por las circunstancias, por una vida marcada por la miseria y el desprecio de ese sistema que, al final, parece seguir triunfando sin mover un solo dedo.
El cuadro lo corona una dirección de fotografía magistral a cargo de Hector Ríos, una sugerente banda sonora compuesta por Sergio Ortega y, por supuesto, la descarnada y transparente labor del reparto entero, que capta a la perfección la esencia de sus personajes y humanizan esa fragilidad, incluso esa violencia tan naturalizada. Excelente trabajo de Charles Elsesser tanto en guión (basado en un cuento de Guillermo Sáez... que no he leído) como en dirección; con más medios pudo haber logrado perfectamente películas a la altura de un Peckinpah (aunque ésta, ya digo, no se amilana ante nada). Y no me extraña que el productor sea el buen Luis Cornejo Gamboa, de quien por acá ya hemos hablado maravillas de su obra literaria.
Pueden disfrutar de esta pequeña y rabiosa obra maestra en este enlace.
No se la pierdan.

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